‘El cartógrafo’, una obra contra el olvido y la indiferencia hacia el holocausto nazi

El cartógrafo. Foto: Ceferino López

El cartógrafo. Foto: Ceferino López

El cartógrafo es un texto escrito por Juan Mayorga, el dramaturgo más destacado de la última generación teatral española. Dirigido por el propio autor, la obra indaga en los rincones de la memoria del holocausto nazi a partir de una vieja leyenda sobre el cartógrafo del gueto de Varsovia. La función se verá en Ponferrada el próximo jueves, 23 de marzo (21 horas), dentro de la programación de la Red de Teatros de Castilla y León.

En la Varsovia de nuestros días, Blanca oye la leyenda del cartógrafo del gueto. Según esa leyenda, un viejo cartógrafo se empeñó, mientras todo moría a su alrededor, en dibujar el mapa de aquel mundo en peligro; pero como sus piernas ya no lo sostenían, como él no podía buscar los datos que necesitaba, era una niña la que salía a buscarlos para él. Blanca tomará por verdad la leyenda y se lanzará a su vez, obsesivamente, a la búsqueda del viejo mapa y, sin saberlo, a la búsqueda de sí misma. El cartógrafo es una obra –un mapa- sobre esa búsqueda y sobre aquella leyenda.

Bajo la dirección del propio Mayorga, Blanca Portillo y José Luis García-Pérez protagonizan un texto que se detiene en el pasado y en la recuperación de la memoria para luchar contra la dictadura del presente. El cartógrafo es teatro. Puro, simple, sin artificios, con juego de luces y música, tirándose al suelo, haciendo voces, intercambiando papeles, hablando al público y llevando las interpretaciones de ambos actores a unas tesituras impresionantes, por las que uno sabe que ha merecido la pena de vivir una experiencia teatral.

La historia, la personal y, sobre todo, la colectiva, se escribe a base de olvidos. La indiferencia, el egoísmo o la mera direccionalidad política y social son las que construyen esa desmemoria. Quién no ha escuchado eso de ‘para qué remover el pasado’. Por eso, es precisamente la historia más atroz, la de las heridas más profundas que se convierten en armas arrojadizas, la que se erige sobre el olvido impuesto creando una suerte de cartografía de la desaparición. El Holocausto, las cunetas españolas, las fronteras europeas… Ahí duermen la memoria, la empatía y la responsabilidad individual y colectiva sobre lo que hemos sido, somos y seremos.

La crítica ha dicho que esta función es “un reto de considerables proporciones en una obra pensada para más de una docena de intérpretes, y resuelto al ritmo torrencial con que se suceden las transiciones. Tanto Blanca Portillo como García-Pérez permutan de personaje a una velocidad vertiginosa, pericia que permite al público seguir sin dificultades las distintas acciones que se entrecruzan de forma infatigable”.

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