Opinión
Pilar Marqués narra su experiencia en Ceuta como enfermera e investigadora
Un migrante compartiendo su chusco de pan con otro. Un migrante robándole su chusco de pan a otro. Eso vi y eso apunté en mi libreta

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Querer saber mirando y escuchando desde el respeto absoluto y la conciencia de que solo los protagonistas de la historia la comprenden del todo. Eso es lo que me impulsó a viajar a Ceuta desde Ponferrada el pasado 25 de agosto en calidad de enfermera e investigadora del Grupo SALBIS de la Universidad de León. ¿Qué me encontré? Ceutíes que han visto cómo su vida se ponía patas arriba en mitad de las vacaciones del resto de España y miles de migrantes que se lanzaron al agua en busca de algo que difícilmente cumplirá sus expectativas.
Un migrante compartiendo su chusco de pan con otro. Un migrante robándole su chusco de pan a otro. Eso vi y eso apunté en mi libreta. Dos gestos tan distintos que retratan casi todo. Otro apunte del primer día: los ceutíes son gente extrovertida, alegre, cercana, se emocionan y abrazan al contar lo que están viviendo y todos utilizan la misma palabra: incertidumbre. Ellos, que han sido siempre un ejemplo magnífico de tolerancia y convivencia, están ahora al límite de sus fuerzas. ¿Quién nos ayudará a volver a nuestra vida?, escuché en una terraza a tres amigas tomando café. “La gente está nerviosa y el ser humano ante situaciones extremas es impredecible”, me confiaba Nordi, un camarero que me explicaba también cómo en su familia hay varios matrimonios interreligiosos.
Durante mi estancia, acudí a los asentamientos, visité el Hospital Universitario de Ceuta, me reuní con la consejera de Sanidad de la Ciudad Autónoma, hablé con locales y migrantes, bombardeé a preguntas a taxistas y empleados de comercios y comprobé in situ el trabajo que realizan a diario las enfermeras y el resto de sanitarios. En total, 49 personas con las que interactué directamente y miles a las que observé. Nunca había palpado tan de cerca la relación entre seguridad y salud.
Como no llegué el día de la entrada masiva, no encontré heridas, luxaciones, fracturas, casos de hipotermia, ahogamientos o crisis de ansiedad; y tampoco presencié lo que ocurre las horas y días inmediatamente posteriores a los hechos: búsqueda de alimentos, de techo, saturación de las organizaciones sociales y de salud, o la organización de los primeros asentamientos en playas o parques. A mi llegada 25 días después, lo preocupante a nivel de salud y bienestar social son los problemas de salud mental y pública, las agresiones sexuales, la saturación de los centros de acogida que puede derivar en conflictos y el posible incremento de la violencia en las calles fruto de la tensión social. La salud y los cuidados, eje central de nuestras vidas, están, junto con todo lo demás, completamente alterados.
Hay miles de historias distintas, diferencias económicas apreciables a simple vista entre los migrantes que aún quedan en Ceuta, personas que arrastran problemas, frustraciones e ilusiones, gente mala y gente buena. Organizados ya en microsociedades, siguen a la espera de una salida que en la mayoría de los casos no podrá ser la anhelada. ¿Y los ceutíes? Quieren respuestas y ayuda, saber qué va a pasar, qué posibilidades hay de que una situación similar se repita y cuándo van a poder recuperar su vida, la que tenían antes del 31 de julio. Quieren sentirse arropados y estarlo. Se lo debemos.
Pilar Marqués




