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Víctor Chacón comenta el cuadro “María Sol y Gelines” de José Carralero

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maria-sol-y-gelines-jose-carraleroEl Profesor de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid, Víctor Chacón, ha comentado uno de los cuadros que se encuentra expuesto en el Museo Arqueológico de Cacabelos (Marca) con motivo de la retrospectiva que se dedica al pintor José Carralero.

Hablaba Rafael Alberti de la sensibilidad de Goya para tratar la imagen de los niños en su pintura, en sus retratos colectivos e individualmente, en la sinceridad que el gran pintor aragonés depositaba en su rostro y también la dulzura de sus miradas, en contraste con las máscaras, a veces agrias y a veces burlonas, con las que trataba a muchos de sus personajes. Me recordó este texto de Alberti algo que había apuntado hace muchos años en mis frecuentes visitas a la Real Academia de San Fernando, estudiando el cuadro “El entierro de la sardina”. Y curiosamente el único personaje que se observa sin máscara es un niño, que nos mira desde el centro de la pintura y nos hace pensar en toda esa locura encerrada de la cual él participa con la cara limpia y que nos observa cargado de encanto dejando fuera todo lo grotesco de la escena.

La mirada del niño admonitor que Goya pintó, hace que el espectador se sienta observado desde el cuadro y nos descubre como observadores reales. También Tiziano en su famosa fiesta de Venus, entre decenas de pequeños querubines hace que un “putti” comiendo una manzana nos mire desde el cuadro. Y nos hace sentir su presencia que no es otra cosa que la mirada.
A partir de esta experiencia siempre que miro una pintura busco a este observador de nosotros mismos. Como bien dice el maestro José Carralero fui descubriendo la gran diferencia entre mirar y ver. Así es. Y en otro momento nos aclara que debemos ser: “como una esponja del tiempo”, qué bien suena esta frase, que de por sí daría para escribir tantos renglones, dentro de lo que significa el aprender constantemente a ver. Sin que ello signifique apagar la luz que cada uno lleva dentro. Pero aprender a ver es aprender a que cada color encuentre su sitio. Es cierto que existe una intuición pero la pintura tiene que controlar su expresión. El cuadro no es solo una emanación de sentimientos, es también una construcción como bien nos dice otro gran maestro, Esteban Vicente.
Uniéndose a este pensamiento Díaz Caneja nos recomienda “ El paisaje se detiene en la pintura y es ella la que tiene que producir el efecto. La serenidad, lo sutil de la luz y sobre todo seguir evocando un paisaje”.

¿Pero por qué elegí de la gran exposición de Pepe Carralero este cuadro pintado en 1958? Un óleo sobre tela de 21×16,5 cm titulado Maria Sol y Gelines.
Porque de pronto me detuvo. Me frenó. Como en su día me detuvo un pequeño cuadro de una pintora que yo desconocía llamada Vieira Da Silva , casi del mismo tamaño que en un rincón de la feria de Arco me dejó sin aliento. Yo era muy joven y no tenía conocimiento de la gran obra de esta pintora pero también esta pequeña obra me sacó de un golpe visual del tumulto y me quedé ante esta pequeña ventana como petrificado y a la vez cargado de emoción. De ver cómo esta tela de pequeño formato desde su íntimo silencio se imponía sin gritos, sin casi tamaño, sin estridencias. Con el tiempo viajé a Portugal, conocí su museo y es desde ese momento, visitar este lugar todos los años, es de suma necesidad, y contemplar su obra me llena de alegría.
Al observar en la exposición de Carralero el cuadro María Sol y Gelines volví y retrocedí a ese momento y a ese estado de pérdida de uno mismo en un instante plástico. Sin razón. Sólo viendo que esta experiencia volvía a suceder con la misma fuerza de atracción que en su momento el cuadro de Vieira me detuvo. Y me sacó de la exposición al mismo tiempo y sobre la mirada encontré que también esta pequeña ventana tiene un enorme misterio. El misterio de unos ojos que el pintor no pinta. Porque en el fondo ya sabe que encontró la mirada entre ambos niños.
Estos están en un estado de íntima observación, cargados de luz solar, de concentración en su tarea, luz, silencio, sitio pictórico, orden en la expresión, con esto y otras cosas el maestro nos conmueve. Nos devuelve a un estado machadiano.

A esa luz de limonero en el patio a esa ventana que nos deja abierta a la imaginación a un paisaje, a una luz que se manifestaría en toda una vida dedicada a atrapar el momento. María Sol y Gelines ya establecen la base de lo que será el tema principal de la obra de Pepe Carralero. La luz. Esa luz que solo él puede captar para nosotros, para nuestro gozo, para nuestro placer. No es una luz sensualista, ni física, sino atmósfera pura y lumínica cargada de poesía y de pequeñas sensaciones. Prudencia del pintor ante un tema que lo podría haber llevado a la anécdota. A un exceso de sentimiento pero aquí nos demuestra que ya sabía ver, sabía Carralero hasta donde el tema deja y tiene que dejar lugar para que se manifieste el orden de la pintura. Este concepto ya no lo abandonaría nunca: el control de los datos dentro de la función pictórica. Esta pequeña obra no ofrece recetas, sino recursos para el tratamiento de la luz. La síntesis de los rostros, su emoción sincera, aunque nunca ingenua, nos demuestra el placer al pintar y también del sentido de la observación.

Como las grandes obras de formato pequeño aumenta sus dimensiones reales. Situándose en la zona sensible de nuestra percepción, ya José Carralero sabía del valor de la síntesis, de la economía de medios, sin que ello signifique la pérdida de la emoción. Esta obra no lanza ningún desafío sino manifiesta el deseo de pintar y el placer de aprender.

Siempre aprender. Como hoy mismo nos dice Carralero constantemente. Así como las Manzanas de Chardin huelen y los bodegones de Isidro Nonell nos hablan de intimidades, así como los cielos de Permeke nos cuentan el drama entre la luz y la sombra a través de una sencillez aparente, esta obra de Carralero cargada de intimidad y de concentración nos habla de un espacio íntimo. Yo diría hasta que hogareño. A una hora determinada y así nos descubre un ámbito, un lugar elegido para el estudio, para la concentración.

Todo está ordenado con el carácter narrativo justo, ni una pincelada de más. Ni un gesto salido de tono. El relato se desarrolla dentro de un clima pictórico muy cercano y nos recuerda también a la luz de Morandi, donde las formas están sintetizadas pero no simplificadas. Este cuadro evoca un lugar sagrado, un lugar de estudio, casi litúrgico, que nos salva a todos de los grandes espacios y nos hace viajar por la historia de la pintura de todos aquellos artistas que lograron detener el tiempo y que preocupados nos hablan del silencio. Las dos figuras están concentradas pero no se miran y sin embargo si se comunican. El espacio que existe entre ambas no necesita la dirección de la mirada. Y este es uno de los misterios. Como sucede muchas veces con las figuras de Cézanne o los personajes de Hopper que no se miran entre sí pero sin embargo si se comunican.

La luz lo invade todo. Sin glorificación, con algo más difícil de captar que es la luz de lo cotidiano. Ya Carralero sabía de esta luz y si no lo sabía lo intuía, intuía que la luz es un personaje más. Que inunda todo el cuadro con su presencia y que logra que evoquemos el lugar. Así el pintor consigue una triada única que refuerza el vacío de la gran ventana y nos hace imaginar un paisaje aún no pintado. La luz lo purifica todo. Así capta Carralero la concentración de las figuras con medios sencillos pero enormemente eficaces. Con esa capacidad que tiene de traerlo todo a la pintura sin perder por ello capacidad narrativa ni experiencia plástica, por eso este pequeño cuadro atraviesa el tiempo por eso estos rostros dicen muchas cosas sin decirlas. El pintor capta el momento de máxima concentración en el estudio de dos niños pero a su vez los convierte en un motivo para pintar y los coloca en un espacio contemporáneo. Propio de los grandes artistas. La realidad cuando está representada desde los valores plásticos nunca caduca. El episodio se convierte en escena y la escena en narración cargada de sugerencias y sensaciones pictóricas.
Como diría Cézanne no es cuestión de pintar niños, si no la niñez. Y esto es lo moderno, lo que no caduca. Lo narrativo en función pictórica es una cuestión constante hasta el día de hoy en José Carralero que no cesa. Como ese rayo de Miguel Hernández.

Envase pequeño pero cargado de idea y sabiduría pictórica; aquí no se representa si no que el pintor nos presenta libre de toda atadura de imitación un momento plástico cargado de ternura. La técnica utilizada contribuye al candor de la obra cuidadosa, en esencia, sin alarde, la luz se convierte en forma, en una justa materialización que va directamente hacia el sentimiento del tema. El pintor desplaza el virtuosismo, lo controla en beneficio del objeto único, el cuadro.

También Carralero ya sabe de los peligros de la emoción y esto es lo que me asombra hay tanta pintura en un espacio tan pequeño que es conmovedor.

La capacidad resolutiva está siempre dentro de un contexto de frescura que no perderá jamás y que se basa fundamentalmente en el gozo de pintar. Encuentro feliz que nos llena de emoción y que el propio Carralero llama “mancha” y yo quiero recordarle “ que hay pintores que convierten el sol en una mancha amarilla pero también los hay, gracias a su arte e inteligencia, que convierten una mancha amarilla en sol” Pablo Picasso.

Me gusta la pintura que me detiene y también a la que hay que esperar, a la que no basta con mirar. Sino que hay que saborear. Y donde el autor se mantiene como ausente. Me gusta estas pequeñas pero grandes manchas cargadas de oxígeno, como las de Sorolla. O las de Pinazo que respiran un espacio muy superior a ellas mismas. Me gustan estas ventanas tan infinitas por las cuales cabe nada más que la cabeza, quizá porque estoy cansado de esos grandes ventanales que solo buscan ocupar espacio.

Esta obra aunque pequeña tiene luz propia y eso la convierte en un diálogo constante con la modernidad. Es conmovedora su fuente lumínica. Su altura no la marca la dimensión de su formato sino su poder de seducción y empatía, su musculatura pictórica sobrepasa sus dimensiones físicas, su inacabamiento fino y evocativo me atrapó desde el primer momento “por fin” dijo Rothko “por fin dejo la pintura en silencio” . Esta obra de Carralero es también pura verdad. Por ello sobrevive y por eso se comunica de frente. Porque es verdad. Y esta cualidad no se puede excluir. Otra vez recordando a Caneja que nos dice: “ ser verdad, es mejor que ser realidad” y José Carralero llega siempre a la verdad. Capa sobre capa como nos enseña en su libro Olvidar lo aprendido.
No es el detalle el que despierta interés sino una muy profunda y refinada cultura pictórica, todo está, en esta obra, en exquisita armonía. La fuerza de lo pequeño detiene la mirada y despoja de efectos secundarios a su contenido.

Esta exposición me produce una gran alegría es como un motor, como un mecanismo perfecto para todos nosotros que amamos la pintura. Y para terminar solo decirte maestro que “no podemos estar contentos de nosotros mismos más que cuando recordamos esos instantes en que lo que hemos percibido lo que un adagio japonés llama el ¡Ah! de las cosas”.

Gracias Pepe por crear ese ¡Ah! de las cosas.

Víctor Chacón Ferrey

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La Escuela de Paisaje se clausura el viernes con una charla del escritor Manuel Pimentel

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Escuela de Paisaje 2024

El próximo viernes 19 de julio a las 20.00  h.  tendrá lugar el acto de clausura de la VII edición de la Escuela de Paisaje, en donde en primer lugar impartirá una conferencia el escritor y exministro Manuel Pimentel, autor de entre otros títulos del libro «La venganza del campo», poniendo el broche de oro a esta edición. 

Seguidamente, se procederá a la entrega de diplomas acreditativos del curso y los premios, pudiendo además verse parte de los trabajos realizados por los pintores durante tres intensas semanas de trabaja, que estarán expuestos en distintos espacios del Monasterio de Carracedo.

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Juan Goñi habla sobre la contemplación y el silencio en la Escuela de Paisaje José Carralero

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El pasado viernes, el guía de la Naturaleza y escritor Juan Goñi impartió en el Monasterio de Carracedo una conferencia dentro del ciclo de actividades de la VII edición de la Escuela de Paisaje del Ayuntamiento de Carracedelo
Charla de Juan Goñi en la Escuela de Paisaje José Carralero

En una emblemática sala del Monasterio con un aforo completo, Goñi comenzó su exposición desarrollando el concepto de contemplación tan importante y necesario tanto para pintores, escritores como para la vida en general. 

El «silencio» como concepto también fue protagonista en su discurso:  «El silencio es una ave delicada,  … el silencio vive dentro de la mejor música … mi mente vuela en las alas del silencio … el silencio está en grave peligro de extinción …» (fragmento perteneciente a su obra:  Raíces, trinos y todo lo demás).

Juan Goñi en la Escuela de Paisaje José Carralero

Expuso que hay una relación intrínseca e indivisible entre cultura y natura, y que la naturaleza a lo largo de la historia ha inspirado la mayor cantidad de las obras artísticas del ser humano, así como gran parte de los inventos e ingenios que el hombre ha desarrollado. La cultura tiene sus cimientos más profundos, en la Natura.

Estos ciclos de conferencias se han convertido en una cita ineludible dentro de los veranos culturales del Ayuntamiento de Carracedelo, habiendo contado con la participación de figuras relevantes pertenecientes al ámbito cultural como, Joaquín Araújo, Antonio Colinas, José María Merino, Luis Alberto de Cuenca, y Eduardo Naranjo, entre otros.

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‘Un paseo por el Prado’, charla de José Carralero en el Monasterio de Carracedo

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Como parte del programa de actividades de la Escuela de Paisaje 2024, el pintor berciano José Carralero ofrece la charla ‘Un paseo por el Prado’, que tendrá lugar el próximo viernes, 5 de julio, a las 20 horas en la Sala Capitular del Monasterio de Santa María de Carracedo.

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